Mi tía Verónica enviudó hace dos años o poco más. A su esposo Ernesto le dio un infarto mientras fornicaba en un hotel con una prostituta de lujo. La noticia hasta salió en el diario, en las páginas policiales.
La copucha era demasiado buena y se esparció rápido, era inevitable. Mi pobre tía quedó hecha bolsa. Ya era una mujer mayor, de casi sesenta años. Había dedicado toda su vida a servir y cuidar a su marido, y de pronto se le murió así, con escándalo policial sobre el cuerpo cálido de una mujer alquilada.
La tía Verónica guardó luto riguroso. No salió de su casa durante un mes. Tenía miedo de que sus amigas del club, de la parroquia, de los naipes, se burlasen de ella porque todos supieron que el tío Ernesto, un empresario respetado, colapsó jadeando sobre una prostituta jovencita en el hotel Sheraton. Ella, mi tía, había sido muy religiosa toda la vida, de misa todos los domingos sin falta, y de rezarle a la virgen del carmen y a una legión entera de santos. Pero cuando su marido murió en tan bochornosas circunstancias, sufrió una crisis de fé y dejó de rezar.
Un domingo, sin embargo, regresó a la iglesia de Vitacura. Como siempre, se encargó de pasar la canasta de la colecta. Al terminar de recoger las donaciones de los fieles, sufrió un impulso ciego, repentino. Entró a la sacristía con la canastita, vació todos los billetes y monedas en sus bolsillos y se retiró encantada, eufórica, invadida por una felicidad plena y rotunda que no había sentido en años, quizá en décadas, o tal vez nunca.
En ese momento, la tía Verónica descubrió –nunca es tarde para saber la verdad– que era atea y cleptómana. Desde entonces, se dedicó a robar con astucia y muy piola, por puro placer, siguiendo los oscuros dictados de su voz interior.
Era una mujer rica, acomodada, que no necesitaba dinero. Robaba porque la hacía feliz, porque era una manera de sentirse libre, de emanciparse de todas las obligaciones estúpidas a las que se había condenado toda su vida para ser y parecer una mujer decente, honorable, respetada. Robaba porque ya no le interesaba ser una mujer decente. Quería ser feliz. Y nada la hacía más feliz que robar.
Dentro de las variadas modalidades de hurto que practicaba –en el supermercado, en ciertas tiendas exclusivas, en casas de algunos de sus familiares, a los que secretamente empezaba a aborrecer–, la que más le excitaba era robarle a sus amigas de toda la vida, con quienes jugaba cartas una vez por semana. Las reunía en su casa, les daba comida y tragos, y, fingiendo que iba al baño, entraba al cuarto donde ellas habían dejado sus bolsos, sus carteras, y sus abrigos, y se extasiaba robándoles un billetito o dos con suma delicadeza y discreción, para que no la fueran a cachar.
Un día cualquiera, sin explicación alguna, la tía Verónica se compró una moto. Siempre, desde muy joven, había escondido esa fantasía, la de montar una moto roja y veloz, y ahora había llegado el momento de concederse ese gustito largamente postergado.
Como tenía buen estado físico, pues nadaba todas las mañanas en la piscina de su casa y nunca había fumado ni tomado mucho alcohol, aprendió sin dificultades a andar en moto. Era feliz surcando las calles, acelerando, haciendo rugir su moto, sintiendo cómo el viento le despeinaba las canas. Porque la tía Verónica no usaba casco, le parecía una mariconada, y había dejado de teñirse el pelo.
Andando en moto por Reñaca, un muchacho tuvo la osadía de ofrecerle marihuana, y la tía Verónica decidió, por qué no, fumarse un porrito. Esa tarde, sentada sobre su moto, detenida en una curva, mirando el mar, algo cambió radicalmente en su vida. La tía descubrió que al igual que robar, fumar marihuana le procuraba unos placeres secretos, inesperados. Y empezó a fumarla con la misma devoción con la que antes cuidaba abnegadamente a su marido.
Como se había vuelto tan independiente y ahora gozaba de estar sola y entregarse a sus vicios privados, ya no le interesaba participar de las reuniones familiares, visitar a sus hermanas, asistir a los bautizos, primeras comuniones y cumpleaños, llevarles regalos a sus nietos. Descubrió –y no lo ocultaba– que los niños la irritaban de un modo insoportable. No tenía vergüenza de decir a gritos: “Qué niño tan mal criado, ¿quienes son los papás de este niñito?”, incluso si no conocía al niño ni a su familia.
Cuando sus amigas celebraban el nacimiento de un bebé y decían que era precioso, que tenía la nariz del padre o los ojos de la madre, esas cosas que suelen decir las mujeres contemplando a un bebé, ella se impacientaba y decía: “Todos los bebés son iguales, tienen la cara hinchada, y además no sé por qué las mujeres siguen pariendo, si el mundo es una mierda”.
Como mi tía Verónica decía esas cosas, la gallá se escandalizaba, y como ella ya no estaba para aguantarle huevadas a nadie, dejó de ir a los eventos familiares y se encerró en su mundo, aunque ocasionalmente participaba de alguna actividad social (principalmente bodas) con el escondido propósito de desvalijar a los anfitriones y llevarse algún cenicero de plata, algún billete arrugado, alguna chuchería fina que le entrase discretamente en los bolsillos.
Esos años, sus años de atea, cleptómana, motociclista, fumadora de hierba y enemiga de los niños, fueron los más felices de su vida, y sólo fueron ensombrecidos por la culpa de haber descubierto tan tarde su verdadera identidad, después de tantos años de sumisión y sometimiento a las reglas no escritas del honor social.
Una mañana de verano, serpenteando por el camino de Viña a Reñaca, presumiblemente bajo los efectos de un porro de marihuana, la tía Verónica perdió el control de la moto y rodó por los acantilados. La Policía cubrió su cadáver con las hojas del mismo diario que, un par de años atrás, hizo un festín con la historia de la muerte del tío Ernesto.
En sus bolsillos encontraron dos joyas (que luego se descubrió que pertenecían a sus amigas de los naipes), chocolates y chicles (que había robado esa tarde de una Copec), una bolsa de marihuana y un papel con el teléfono de un muchacho llamado Oscar, que prestaba servicios sexuales a domicilio.
Te echaremos de menos, tía querida.
Saludos.
V
9 marzo 2011 a las 21:45 |
Ese es el problema: toda la vida nos han inculcado que debemos postergarnos por el otro, y al final el guardarse tanta mierda pasa la cuenta.
No justifico los malos hábitos tardíos de tu tía, pero si entiendo que lleva a una persona a hacer lo que hizo: Mientras mas tarde nos liberamos de las ataduras que nos oprimen (o mientras mas violentamente lo hagamos), peor es el camino que tomamos. Por eso es sano dejar que los jóvenes descubran su camino, porque están en la edad que al experimentar aprenden. En cambio cuando lo hacemos a una edad avanzada creemos que las sabemos todas y dejamos de aprender.
10 marzo 2011 a las 22:21 |
Liberarse de las absurdas ataduras del “deber ser” y del “comportamiento socialmente correcto y aceptado” es la moraleja de esta historia.
Saludos.
V
14 marzo 2011 a las 22:02 |
me habria encantado conocer a tu tia, habriamos compartido algunos gustos y aficiones.
saludos.
15 marzo 2011 a las 13:54 |
Te refieres a Oscar…?
Saludos.
V
23 julio 2011 a las 9:15 |
Que buena historia, me encantó tu blog wn, ojalá sigay escribiendo y seguido…
Descanse en paz la tía Verónica.
Salu2!