El “Comandante” al peo

Cuando en Argentina arrestaron al delincuente Apablaza…chucha!!!, perdón!!!, al “Comandante Salvador”. Este vivía, como es típico entre los de su especie, guata al sol en lujosa residencia adquirida y mantenida con los dineros de secuestros, asaltos a botillerías y otras grandiosas “operaciones revolucionarias” por el estilo. Sin embargo y apenas se vio en manos de la policía solicitó abogados, reclamó hábeas corpus, citó incisos, clamó por protecciones y lloriqueó por el apoyo de todo el aparataje legal del estado burgués contra el cual dice luchar. Además se las dio de víctima: que ha sido perseguido toda su vida, dijo, torturado, pateado y encerrado. Se autodenominó como “un luchador por la democracia”, por lo que aspiraba entonces a la condición de “refugiado político” (la cual finalmente el gobierno Argentino le dio). De puro modesto que es en su solicitud por triplicado no quiso mencionar el asesinato de Guzmán y el secuestro de Edwards.

Apablaza hasta hoy se ha salvado de la extradición gracias a que concitó el apoyo del inevitable porcentaje de “progresistas” que suelen pulular en los parlamentos latinoamericanos pos modernistas y que hacen nata en el gobierno Argentino. Acá en Chile, además, tres o cuatro movimientos “revolucionarios” conformados por una mezcla de cincuentones de ultra izquierda, simple y vulgar lumpen y colegiales pateadores de tarros pretenden vendernos la pescá de que el susodicho “comandante” el un “luchador del pueblo”.

Todo este cuento, el llamado “comandante”, sus feligreses y ayudistas, es asunto de poca monta, una repetición más de la misma vieja historia del supuesto “luchador popular” con larga lista de homicidios que pretende luego jubilarse, dar entrevistas, ir al programa de Don Francisco, recibir un crédito blando, montar una teatro de bataclanas y morir algún día en olor a santidad.

Si nos damos la lata de analizar en esta columna el caso de Apablaza y su entorno no es por su importancia intrínseca más allá de ser autor del crimen de Jaime Guzmán -cosa que él opta por no mencionar cuando recita el heroico historial de su lucha-, sino por ser representativo de una particular subespecie del género humano que reúne en sí la paradojal condición de ser, en lo intrínseco, simples asesinos buenos para nada mientras al mismo tiempo, con infalible eficacia, se las arreglan para aparecer ante los ojos de los jóvenes y de los “intelectuales” como encarnación misma del idealismo, la verdad y la justicia.

El perfil de estos giles

Este tipo de mandriles tiene larga historia y su perfil, con variantes, aparece una y otra vez durante la historia como por ejemplo la camorra y la mafia siciliana, los grupos urbanos terroristas de los 70, las pandillas de ideología marxista y ahora islámica, los guerrilleros rurales de los años sesenta, etc, etc. En todos ellos el sujeto típico que los lidera es un megalómano de siete suelas que nunca le trabajó un día a nadie, y/o fue un completo fracaso hasta el día que descubrió sus talentos retóricos en alguna cervecería o su equivalente local.

El seguidor -llamado combatiente, discípulo, camarada, luchador, hermano en Cristo o lo que sea- es más o menos del mismo pelaje, pero de menor calibre.

En ambos, pastor y cordero, el combustible que los impulsa es el RESENTIMIENTO. Cada uno de ellos tiene sueños de grandeza muy por encima de sus facultades y detestan, rechazan y finalmente desean destruir este mundo ingrato que los pone en su lugar; adicionalmente muchos sufrieron de niños alguna humillación que en su poquedad intelectual y moral no han podido jamás asumir y superar. En fin, todos tienen una larga lista de enemigos y furores rechinantes, todos participan de alguna doctrina o ideología harapienta que legitima y embellece sus odios. Todos gustan pavonearse y posar de héroes, de machos recios, de portadores de armas, de fornicadores insignes, de súper hombres de caricatura. Suelen mirarse mucho al espejo para retocarse la boina y el bigote.

Estas manadas de resentidos cubriendo sus llagas y pequeñeces con el manto de la justicia, la libertad o cualquier clamor que esté de moda jamás han procurado a las ciudadanías otra cosa que guerra civil, carnicerías, asesinatos, represiones salvajes, venganzas, desquites, y luego, si triunfan, aun más despotismo y peor ineptitud. JAMAS ha salido de los movimientos encabezados por esa gente nada positivo. Lejos de impulsar los cambios, los han hecho más difíciles y más costosos. Llegan siempre atrasados al baile y luego, en su arrogancia, creen haber sido ellos los originarios de las trasformaciones. ¿O acaso no se jactan, en Chile, de haber sido ellos quienes lograron la transición a la democracia?

Los tontos útiles

Pero lo que de verdad resulta increíble no es tanto la existencia de tan patéticos enfermos, sino de que nunca les falte una audiencia de subnormales que les preste oídos, los siga, apoye y encima los aplauda. En parte eso bien puede deberse a la juventud misma de la mayoría de dichas audiencias y una consiguiente falta de experiencia –y neuronas- para discriminar entre la paja y el trigo, amén de la debilidad de esos grupos etáreos por los modelos de macho recio y heroico. En efecto, en estos movimientos siempre hay mucho cabrito leso buscando modo de impresionar a las minas y a la pasada darle sentido a sus confusas vidas y capear algo de clases en el liceo.

Pero además juega a favor de la credibilidad de estos energúmenos el hecho innegable de que toda sociedad es un verdadero catálogo de flagrantes injusticias y nada es más fácil que mostrarlas con el dedo. Así es como trabajan sobre la base de evidentes inequidades y el mal ánimo que estas provocan. Se fortalecen a base de la debilidad intelectual de las elites, que nunca son capaces de ver dónde se rompe la cuerda y cuándo poner límite a sus voraces ambiciones y codicias.

En definitiva, tal como las cucarachas, los comandantes y sus tropas subsisten y prosperan en la oscuridad y la basura que proyecta cada sociedad desde la grosera eminencia de sus desigualdades.

¿Sirven, por eso mismo, para resolver tan groseras iniquidades sociales?

Nunca.

Si se analizan los procesos de trasformación -incluso revolucionaria- a través de la historia se aprecia nítidamente que el desbande de la violencia revolucionaria se desata DESPUÉS de haberse conseguido por medio de presiones políticas relativamente pacíficas lo esencial de las reformas buscadas. Todo lo que viene luego es el típico arrebato de extremismo que busca ir más lejos de lo que es posible y aceptable, desata contrarrevoluciones o da lugar a regímenes despóticos que bañan al país en sangre. Fue el caso de la revolución francesa y de la bolchevique.

El problema es que esta lección jamás es aprendida por las nuevas generaciones, quienes solo toman conciencia de ello luego de sacarse la cresta una y otra vez con la misma piedra.

Saludos.

V

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5 comentarios para “El “Comandante” al peo”

  1. Aly Dice:

    El problema de lo que tu planteas no esta solo en aquellos que se auto-proclaman comandante (o “lider”) de alguna causa, también en la vieja que participa en la parroquia y que se siente con poder porque la nombraron parte del consejo de adultos de dicha iglesia, o con el conserje o administrador de edificio, también lo encontraremos en el guardia de supermercado, etc. Pero no solo en los estratos bajos vemos ese tipo de resentimiento avaricioso, también lo vemos en los altos cargos de las empresas (todos señores vestidos con pantalones dockers y corbatas polo), donde el poder se consigue a base de estrategias sucias y movidas a veces muy oscuras.
    El problema, como habría dicho una abuelita, es la raza humana. Mala clase hay en todos lados, de todos los colores, nacionalidades, clases sociales y sabores…. el problema es el ser humano en si. Si no pregúntenle a la tierra que piensa de nosotros. Somos los que destruimos por razones egoístas, somos la única especie que mata por cosas que nada tienen que ver con la sobrevivencia (dígase peligro de muerte o por hambre). Insisto, la raza es la mala. Y de eso solo se salvan unos pocos humanos que son la excepción que confirma la regla.

    • V for Vendetta Dice:

      La tontera humana ha demostrado a través de los años ser transversal y democrática pues no discrimina raza, clase social, credo ni ideología política.

      Saludos.

      V

  2. Los frentistas también lloran « REVISTA JUPITER Dice:

    [...] Por V for Vendetta [...]

  3. xago Dice:

    ….pero que buena manera de retocar la ignorancia y falta de argumentos validos con adjetivos!!!

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